lunes, 11 de enero de 2021

Transfiguración - Poesía

 





Transfiguración 



Si me tragara toda tu sangre 
a la luz de un lubricán 
de cariz infernal; 
solaz y transmutador ardor 
rasmillaría mi garganta, 


conjurando tu voz 
dentro de mis sueños; 
circadiano espíritu sonoro, 
oscilando entre los alvéolos 
de un otoño rojo, 
sería quizás, 
la más sobrenatural invocación; 
que, por cada átomo, 
mi lengua en Rigor Mortis 
trascendiendo más allá 
de un viaje astral, 
buscando el lóbulo de tu oído 
para poder entrar. 


¡Qué mágica ternura es ésta! 
besando sus felinos ojos 
bajo una lluvia de cianuro, 
amarrándote el cuello con mi lengua; 
tan estirada 
como una cinta cinematográfica, 
hojeando cada fotografía 
donde pueda encontrar 
sus lágrimas de ámbar, 


porque hincar mis dientes en su alma 
es lo que anhelo, 
lo deseo tan desquiciadamente; 
con tal brillo e intensidad 
como la luz que brota de las neuronas 
al nacer y al morir, 


y es que sus mentiras 
tienen el dulzor 
de una sinfonía sagrada, 
la curvatura de sus pechos 
parecen tener el cálculo simétrico 
de una geometría metafísica; 
que ni la ciencia más arcana 
podría descifrar, 
como uróboros 
enroscándome tras ellos, 
descubriendo el principio del fin, 
y en sus labios el portal 
a este saturnino ritual. 


La oscuridad florece en su mente 
como el éter 
en el fogoso crepúsculo 
de ese horizonte 
de carne y espíritu. 


Vamos moldeando el tiempo 
a nuestro antojo 
con la melodía y sincronía 
de un funéreo vals 
que hay entre tu lengua y la mía, 
salivando las partículas 
de un dios efímero, 
colindando con la celosa materia 
de una sabrosa textura, 
con veraniega locura 
de crisálidos recuerdos 
empapados en ajenjo. 


Quiero oír tu corazón fantasma 
como música eterna, 
comer de las uvas 
de tus senos perfilados 
de un extremo a otro 
en el universo; 
entreviendo hacia el exterior 
como si fueran persianas 
tus costillas. 


No quisiera desapegarme 
de esta irrealidad, 
de mi catatonia boreal, 
imaginar el calor de sus pestañas 
sobre mi entrepierna, 
mientras mis muslos orlan 
sus oídos magnéticos 
como los aros de la Vesica Piscis. 


¡Muéstrame los dientes! 
ese umbral 
de pieles esclavas, 
mientras su espíritu 
como incienso 
se esparce entre los canales 
del karma; 
mi glande amortajado 
en su epicúrea vendimia bucal, 
abriendo nuestra glándula pineal, 
palpando la proximidad 
de los elementos. 


Estás aquí 
para darle muerte al cielo 
y a todas las cosas terrenales; 
con tu boca congregada 
de labios y zonas erógenas, 
con tu ciencia profana 
de lúcidos sueños, 
balanceando la materia oculta 
que hay dentro de cada uno. 

¿Cuántos ojos habrán descubierto 
su soledad? 

¿Cuántas mentes habrán 
compartido sus pensamientos con ella? 
entre los plateados hilos 
de una Senoi transfiguración. 


La punta de su lengua 
fue contorneando mi castillo de carne 
hasta la umbra 
de una galaxia siamesa, 
su serpenteante cintura 
desdibujaba las moléculas 
de un albor desangrado; 
su dorada mirada 
resplandecía 
como el tesoro 
de una playa caribeña 
con la teoría 
de una estética inmaculada, 


mis uñas afiladas 
se encarnaban 
en sus glúteos jupiterianos 
en lívida proporción áurea; 
como las dos esferas 
de una dimensión paralela, 
bajo el dosel de sus venas; 
vislumbraba entonces, 
los despiadados 
halos de la luna. 


Opalinos iris de coral 
son sus jadeantes pechos 
de diamantes luciferinos; 
contiguas esmeraldas 
de amatista conjunción atemporal, 
que de rodillas lamo 
sus lactadas colinas 
de lozana impureza vinícola; 
cuya anatomía Nictante 
voy desmembrando sus escamas 
hasta transfigurar 
su imagen desdoblada. 


Sus pestañas en umbela 
se ramifican 
entre las mías; 
como las venas 
de una hoja anciana 
cuyo nácar en los párpados 
nos desvelan en el ensueño 
de esta noche propólea 
a través de estos besos inmortales.


Escrito por Sebastián Oyanedel Davison

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